En trabajos anteriores ha quedado demostrado fehacientemente que los Carnavales de Isla Cristina comenzaron a celebrarse desde la época fundacional de la ciudad. Consecuentemente, no ha resultado dificil demostrar el arraigo y la continuidad de estas celebraciones, en particular siguiendo la documenación municipal a través de los bandos y ordenanzas que se redactaron desde 1832 en que aparecen fechadas las primeras normas que se conservan hasta el primer tercio del siglo XX
[1].
Aquellos Carnavales del Ochocientos eran todavía y en gran medida rituales primarios, en ocasiones violentos: los comportamientos desagradables obligaban a las autoridades a dictar normas para reprimirlas y a emitir bandos cada año recordando lo legislado. La burla tosca tocaba lo físico con prácticas tan arraigadas como el arrojo a los viandantes de aguas fecales y saquillos rellenos con polvos y materias fétidas. Aún a finales del siglo, la prensa de la capital publicaba esta “joya” referida a las celebraciones de Huelva
[2]:
“Las fiestas del Carnaval, como todas aquellas diversiones que entra por medio el vino, y más éstas, que tienen por auxiliares la careta y el disfraz, son muy apropósito para las personas de temperamento excitable y ardiente, y sobre todo si no tienen por freno los principios de una sana educación y de una regular instrucción, y las gentes de mal vivir cometan todo tipo de desmanes...”.
Durante el último tercio del siglo XIX el Carnaval isleño experimentó una gran evolución, al mismo tiempo que comienzó a civilizarse, a refinarse: nació el Carnaval de Salón (los bailes de disfraces) y afloró el Carnaval de Teatro como espectáculo ofreciendo un espacio para la participación de agrupaciones musico-vocales bien estructuradas: Coros, Comparsas y Murgas dejaron a un lado a las arcaicas mojigangas. En esta etapa, el Carnaval se “europeíza”, le nace al amor por la música, por la belleza de los vestuarios, adora la originalidad y cultiva lo artístico de la expresión sin apartarse de lo genuino de las Carnestolendas, que es la fiesta de la Libertad.
Estos cambios se hacieron palpables ya en el año 1909 cuando el Ayuntamiento de Isla Cristina introdujo en el acostumbrado Bando de Carnaval
[3] nuevas prohibiciones añadidas a las que se venían publicando desde años anteriores. Según lo anunciado quedaba prohibido lo siguiente:
Primero: el uso de todo disfraz indecoroso a los hombres que vistiendo de mujer, hagan alarde con su indumentaria y ademanes, de conceptos degradantes o contrarios a la dignidad el sexo.
Segundo: se prohíbe el uso de toda clase de armas u otros objetos que causen molestias o perjuicios al público.
Tercero: también se prohíbe arrojar aguas, harinas, cenizas o cualquier otro objeto con materias o sustancias que puedan causar molestias o daños; así como la venta de papelillos envueltos en cartuchos o en cualquier cuerpo duro.
Cuarto: queda prohibido en absoluto el uso de caretas dentro de las tabernas, cafés y establecimientos públicos, cuyos dueños serán responsables en primer término de la falta de cumplimiento de esta disposición, sin perjuicio de la en que incurra el infractor.
Quinto: se prohíben igualmente las canciones y bailes contrarios a los principios de la más severa moral.
Sexto: las comparsas y estudiantinas no podrán cantar más canciones, que las que expresamente autorice esta alcaldía, a cuyo fin los directores o encargados de aquéllas, quedan obligados a poner en conocimiento de mi autoridad por escrito y bajo firma, antes del día 21 del corriente, la letra de dichas canciones.
Lo verdaderamente novedoso de la norma radica en el punto sexto, donde se menciona por primera vez a las comparsas y estudiantinas, a sus directores, canciones y letras. Consecuencia inmediata de lo referido aparecen los primeros cancioneros impresos que se conservan: el más antiguo, de 1910, cantado por la comparsa “Los Héroes de la Campaña” y el segundo, del Carnaval de 1911, interpretado por “Los Faramallas del Día”.
En aquella altura del siglo, el Carnaval musical de Isla Cristina estaba muy consolidado. En febreo de 1911 el corresponsal isleño del periódico La Provinica enviaba una nota de prensa en la que decía: “Carnaval.- Hay mucha animación este año, viéndose ya las calles completamente invadidas de máscaras y comparsas, todas las noches. Se preparan los salones del Círculo La Unión y del Salón Victoria, para celebrar grandes bailes”.
En los primeros años del siglo aún era corriente la utilización del término “comparsa” para referirse de manera genérica a una agrupación musico-vocal, bien fuera de Carnaval o de campanilleros navideños; poco más o menos eso ocurría cuando se referían a una “estudiantina”. La documentación que hemos podido estudiar referida al Carnaval de Isla Cristina entre los años 1910 y 1936 diferencia el concepto de Coro, Comparsa, Murga y Cuarteto, sin que jamás aparezca escrito el término “chirigota”. Hay que hacer notar que la Chirigota, término propio de Cádiz, es una agrupación equivalente a la Murga del resto de Andalucía, con las diferencias propias de cada lugar y cada época. En Cádiz, la Comparsa actual nace con mucho atraso con respecto a la de Isla Cristina, pues fue en 1960 cuando el Jurado Oficial del concurso gaditado decidió excindir esta modalidad de la Chirigota debido al grado de afinación y calidad alcanzado por algunas agrupaciones, en particular por las que dirigía Paco Alba
[4]. Al hilo de estas conclusiones conviene aclarar que el Carnaval de Isla Cristina nace de otra madre y transcurre por caminos distintos del gaditano; como ejemplo, a parte del propio léxico, basta recordad que en Cádiz no se celebra ni se tienen noticias del Entierro de la Sardina, celebración del Miércoles de Ceniza que tanta tradición tiene en Isla Cristina.
Sin embargo, sí existen elementos comunes a la Comparsa, la Murga y el Coro que trascienden fronteras y épocas. En todos los casos estas agrupaciones visten disfraz, se relacionan de manera directa con el contexto histórico, sus textos cantados o recitados se refieren a los hechos más notables acontecidos en su entorno y sus rasgos diferenciadores son la sátira y una manera predefinida de representación. Es un modo de expresión ligado al lenguaje popular con una vena de rebeldía y de romanticismo. Por sus letras pasean hechos y personajes conocidos hechos públicos en otros medios, destacando lo jocoso, lo insólito, procurando la hilaridad, sin dudar en mostrar lo más duro y la cruel crítica si llega el caso. La protesta de las letras es enérgica. La música que acompaña a los textos puede ser popular, original e inédita, pero siempre ajustada a códigos estrictos y regulados.
No nos detendremos en este trabajo para estudiar la evolución de las viejas agrupaciones carnavalescas de Isla Cristina hasta las formas actuales de representación: músicas, letras, indumentaria, escenografía, etc., puesto que forma parte del trabajo, parcialmente editado, que Francisco González Salgado nos ofreció hace unos años en su obra pionera “Carnaval de antaño”
[5]. Sí conviene reseñar como muestra del nivel alcanzado por algunas agrupaciones de Isla Cristina la participación directa de profesionales de la música y artistas del escenario. Son destacables los casos de José Noya Frigolet, director de la Banda de Música creada en 1900 y de Francisco Cervantes de la Vega, profesor, organista de la iglesia y director de la Filarmónica Isleña fundada en 1916. Músicos instrumentistas como Benito Arroyo Márquez reforzaron la calidad musical del Carnaval con el empleo de violines, laudes, mandolinas y guitarras. El dominio de la escena teatral tampoco suponía ningún esfurezo para los carnavaleros de antaño, como ejemplo pondremos a Hilario Flores, gran letrista, que se convertiría en la década de 1920 en artista profesional y a Ramón Martínez, actor teatral que no decidió profesionalizarse. Algunos autores iletrados, no obstante, alcanzaron también gran notoriedad.
En la época que estamos tratando, la actuación de las agrupaciones en el marco de un teatro era tradicional desde el siglo XIX; no sabemos con exactitud cuando comenzó el concurso en forma de competición. En 1916 ya concursaron tres comparsas y dos murgas en el primitivo Salón Victoria. En 1923 de nuevo tenemos noticias del concurso de agrupaciones, con la participación este año del Coro “Marineros del Laya”, compuesto por cuarenta muchachos y seis muchachas. En 1928, la empresa del teatro Victoria, siguiendo la costumbre establecida anunció la celebración del concurso de agrupaciones indicando que podían “contender los pueblos comarcanos con los locales y ellos entre si”. Se fijaron dos premios; el primero consistente en el 25% de la entrada bruta y el segundo en el 15%. A la semana siguientes se ampliaba la información en la prensa, indicando que el concurso podían contener, como venía siendo costumbre, “Comparsas, Coros y Murgas”.
[6] .
Los años más fértiles del Carnaval de Isla Cristina se sucedieron como consecuencia de la crisis sardinera sufrida entre 1928 y 1936. El desempleo proporcionaba el tiempo de ocio necesario y los isleños le ponían “al mal tiempo buena cara”. De manera más notable a partir de 1931, durante la II República, hasta la prohibición de 1937. Hasta el final de esta etapa se han podido constatar la participación de agrupaciones provenientes de Cádiz, Sevilla, Puerto de Santa María, Ayamonte, Lepe, Villablanca e incluso de Villa Real de San Antonio y La Fuzeta, en Portugal
[7].
Como conclusión de este trabajo, añadimos a modo de aportación pionera, una relación de agrupaciones, con expresión de sus directores, letristas y músicos cuando la fuente documental lo recoge. Nos queda el convencimiento de que habrá que completar esta relación con los nuevos aportes que nos arrojen futuras investigaciones.
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